martes, 6 de mayo de 2008

De conquistados a conquistadores

Corazones desiguales en un campo mudo,

del blanco nacimiento eterno,

admirables ellos en la ambición del saludo

derramando historias de un mundo moderno,

sofocando días que se hacían nulos

para a través de montañas quebrar la abonanza;

¡Tanta crisis que nos ha llevado a la desgracia!


Cuando el sueño estaba bajo un ciego universo

las libertades encadenadas del primer mundo,

haciendo de la existencia una tormenta;

y en ausencia un pensamiento,

que poco libres, buscaban surgir

para poder nutrir a sus desvalorados hombres…

…Indios, continuos en el descuido.


La excelencia de esa muchedumbre

empobrecía la belleza de las aguas,

soberbios buscando alturas:

místicos de la noche oscura

que en el centro de la tierra

compaginaban una “futura” nación,

concordando con el cansancio de las ramas,

desnudas hormigas habitantes de un círculo;

inescrupuloso y tierno cemento de arena.


El mundo se encerraba en una profecía,

de historias que marcaban muchas vidas;

felices de actuaciones derramadas

en un horno de geografía estrafalaria

¡qué tan fría! tan seca y verdosa

enviaban la flor a un manantial de altura,

con nieve de montañas y mares de peces,

regadíos que sin miedo descansaban

se embellecían en lo oscuro, lo templado,

en la lluvia que hasta noviembre;

humilde enarbolaba una bandera.


Sencillos en la plantación y la crianza

con esfuerzo de esa tierra lejana

donde algunos tiranos forjaban el dolor,

de cadenas, ataduras al trigo mudo,

de jugueterías de pobreza,

coronas de cobre y celulosa,

salmones no contemplados

en artificiales naturalezas del arado;

un color, blanco hueso para la tierra

elevada y exacerbada mostraba su templanza,

ante valientes que intentaban cruzarla.


Una carne de puma que se iba

se extinguía con gran codicia,

conquistadores de martillos

hombres de sudor elevados.

Que al demonio espantaban

engañando a las lunas de huesos tiernos,

al aroma terrestre y calmado.


Que hasta el mismo mar no quería aparcar

en esa tierra manchada de tenientes,

de manos claras y barbas largas

sin música más que sus naves

hambrientas en atrapar a lugareños

transparentes aventureros.

Destrozaban: cordillera y mar.